
era el erste mai. el primero de mayo.
y berlín, como capital de la erredea que nunca había dejado del todo de ser, celebraba el día de los trabajadores, con manifestaciones y antidisturbios y sucursales bancarias tapiadas y manifiestos, pero también con música tecno y cervezas y bailoteos al aire libre, como es costumbre local.
llevaban desde el mediodía callejeando, y el dibujador y su amigo paolo se fueron a buscar algo de meriendacena.
paolo se ha mudado de turín a berlín hace ya un año, sin saber muy bien por qué, como la mayoría de los que habitan la ciudad. con todas las sternis que llevaban encima, estaban disfrutando de un estado de embriaguez perfecto, de esos que no llevan al cansancio ni al malestar, de los que se mantienen en el tiempo, que los dos convinieron en definir como “un pedo maravilloso”.
paolo hablaba de cómo berlín te atrapa con esa mezcla de precariedad laboral durante la semana y fines de semana en el panorama, de sueldos de miseria y kebabs a euro y medio. y de cómo uno se acostumbra a la realidad berlinesa, a su día a día, “como si fuera normal”, cuando lo normal es otra cosa.
pero para entonces ya estaban de vuelta en el meollo del open-air. había empezado a caer una fina lluvia y la gente se había animado, alentada por el refresco natural. y paolo ya estaba bailando, sonriente, con los ojos cerrados, tan adorable y tan pocket-size como siempre.
el dibujador se quedo un momento mirando aquella normalidad nada normal, y observo como un globo de helio verde se escapaba y se elevaba en el cielo gris.
y luego se puso a bailar.









