1. la doctrina del shock

    en su viaje de vuelta hacia berlín, el dibujador había cogido el autobús al aeropuerto desde la estación de atocha, huyendo de las absurdas nuevas tarifas del metro de madrid.

    iba tan ancho, recorriendo el paseo del prado y mirando fascinado por la ventana como el chico de provincias que siempre ha sido, disfrutando de lo kitsch del madrid turístico, aquellas meninas de cartón piedra colocadas en los balcones.
    en esas estaba cuando pasó por delante de la sede del ministerio de sanidad.

    había en la puerta muchos flashes y periodistas, y se quedo mirando, girando la cabeza mientras el autobús se alejaba.

    se preguntó si habría pasado algo importante, quizás una rueda de prensa inesperada de la ministra de sanidad. se imaginó leer en el periódico del día siguiente el anuncio de algo terrible, la privatización del sistema sanitario para cumplir los planes de déficit europeo.

    y sintió miedo.

    y pensó que ese era el verdadero poder de estos politicuchos que nos ha tocado padecer: el poder del miedo, el miedo que nos genera la absoluta desconfianza que tenemos en ellos. porque de todo lo demás no tenemos ninguna certeza, pero de lo que no tenemos duda es que ellos no van a mover un dedo para salvar lo de todos.
    y así es como vivimos, en perpetuo estado de shock, alerta, esperando a ver qué se les ha ocurrido ahora para jodernos la vida.

    “The shock doctrine: the rise of disaster capitalism”, Naomi Klein, 2007.

     
  2. pan y circo

    el dibujador, junto con su hermano y su mujer, sus padres y sus dos sobrinas, habían salido a darse un paseo por los madriles.
    a clarissa, la sobrina mayor, que ya casi tenía dos años, le encanta salir a la calle y andar por ahí de pingos, y cuando se cansa de estar metida en casa, muestra su indignación con un discurso reivinidicativo: “pa-que, pa-que!”
    clarissa va andando por la acera metiéndose en todos los portales, tocando la pared con sus manitas, y encontrando tesoros preciosos a cada paso: piedras, hojas secas, más piedras… tantas cosas que le es difícil llevarlas sin que se le caigan.

    ante tal ritmo de actividad exploradora, y temiendo un retraso considerable, el hermano del dibujador decidió que era mejor llevarla un rato en el carrito.

    el drama se desató.

    clarissa no entendía por qué tenía que ir en el carrito como las niñas pequeñas y dejar de lado su intensa labor de exploración urbana. se puso a llorar, roja como un tomate, y no había forma de calmarla.
    la segunda cosa que le gusta más a clarissa, después del pa-que, pa-que es cantar.
    así que el dibujador, para liberar tensiones, empezó a cantar la última canción que le gustaba a ella escuchar en su tocadiscos.
    con un gesto teatral, se arrancó: “había una vez un…”

    clarissa dejó de llorar, se quedo muy seria sin mirarlos, los lagrimones todavía en sus mejillas. quería mostrar que estaba en desacuerdo con la injusticia sin precedentes de la que era víctima, pero aquello era demasiado tentador para dejarlo escapar.
    con cierta rabia contenida, aceptando su derrota, murmuró, sin ningún entusiasmo:

    “… ci-co.”

     
  3. bienvenida, emma

    ella ha sido la verdadera razón del último viaje del dibujador a españa: una razón de poco más de cinco kilos, pero una razón de peso al fin y al cabo.

    emma, la nueva sobrina del dibujador, había nacido hace un mes escaso.
    es muy pequeñita y tenía un pelazo moreno, que contrastaba con el rubio guiri de su hermana mayor clarissa.
    emma estaba siempre muy intranquila, protestando y abriendo y cerrando sus manitas con cara de circunstancias. y es que se estaba poco a poco acostumbrando a hacer todo sola: respirar, moverse, tragar, digerir… y además aprender a eructar! el dibujador pensó que quizás por eso no recordamos nuestros primeros años como bebés, porque acostumbrarse a la vida aquí fuera, después de salir de la cómoda tripa de mamá, debe ser una de las experiencias más estresantes a las que nos enfrentamos, un trance que es mejor olvidar y pensar que sucedió sin esfuerzo.

    pero emma se había quedado dormida en el regazo del dibujador, sólo moviéndose de vez en cuando para encontrar la postura perfecta y mientras hacía ruiditos con la boca.

    yo creo que había entendido que en realidad estaban los dos en la misma situación, aprendiendo a vivir.

     
  4. conspirando

    el dibujador caminaba por las calles de frankfurt de noche, esperando el viaje de vuelta a berlín.
    se alejó un poco del centro, sin rumbo fijo, sumido en sus pensamientos. cuando emprendió el viaje de vuelta se paró a contemplar todos los rascacielos de los bancos e instituciones financieras, dominando el skyline de la ciudad.
    tenían un resplandor verdoso y de sus chimeneas salía una fina nube de humo, como si en realidad respiraran y estuvieran vivos… era un humo que no podía presagiar nada bueno, como el que salía de las narices de madam mim convertida en dragón.

    parecían dragones dormidos… pero comprendió que sólo estaban planeando cómo y cuándo levantar el vuelo.

     
  5. lugares extraños

    y allí estaba el dibujador, volviendo de su entrevista de trabajo en un cercanías de wiesbaden a frankfurt.

    pensaba en aquellas fuerzas incontrolables del sistema (la oferta y la demanda, el mercado de trabajo dinámico, la movilidad laboral, la desaparición de las barreras físicas en la lógica tardocapitalista) que le hacían a él desplazarse seiscientos kilómetros para hacer una entrevista de trabajo.
    la entrevista había sido como se la había imaginado el dibujador, que siempre se había mostrado algo escéptico ante la oferta propuesta por la agencia de trabajo temporal. con tono amistoso, pronto vino la pregunta de “qué hace un chico como tú en un lugar como éste?”. buscaban, claro, a alguien más experimentado, pero su currículum les había parecido “interesante”. la empresa desarrollaba muchos proyectos en nigeria, también residenciales, quizás le podrían llamar para alguno de ellos en el futuro, algún puesto de menos responsabilidad. y allí es donde el sistema mostró realmente su sonrisa sibilina, su fina ironía: le estaban proponiendo formar parte en la construcción de “gated communities” en países en desarrollo, justo el modelo al que había intentado ofrecer alternativas en su proyecto final de carrera.

    “ya le llamaremos”.

    y allí estaba, en un tren de cercanías de wiesbaden a frankfurt. wiesbaden era el final de línea, un lugar extraño, desierto, donde parecía haber más empresas que casas. por las calles se oía hablar más inglés que alemán, ese inglés de extranjeros hablando entre ellos, de jóvenes talentos, ingenieros, becarios, cerebros “importados”, masters in business administration.

    afuera, estaba oscureciendo. miró por las ventanas entre dos estaciones anónimas y vio un árbol de navidad de luces luminosas encima de un embudo para verter cemento. vio una casa de madera alemana, como sacada de un cuento de hansel y gretel, en medio de la nada. vio dos niñas que venían corriendo y se quedaban mirando el tren, en la penumbra, las caras sin expresión, las mejillas rosas por el frío.

    el dibujador pensó en todos los lugares extraños que habría entre los lugares conocidos, todo ese territorio anónimo entre puntos marcados en el mapa, con nombres bien definidos. pensó en esa ‘terra incognita’ y la gente que la habitaba.

     
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